¿Por qué mujeres?: Sujetos y nomenclaturas.

Hace unos años salía a la luz la noticia de que la Real Academia de la Lengua Española seguía calificando en su definición de mujer como sexo débil[1] a ésta. Tras varios días de quejas por parte de muchas mujeres y hombres, la RAE se retractaba. A día de hoy, la definición de mujer está vinculada al sexo o a la relación que esta tenga con una pareja. No nos meteremos aquí en cuestiones de lenguaje y uso, ni tampoco vamos a iniciar una lucha encarnizada hacia las personas que componen esa academia puesto que no es el propósito de, al menos, estas líneas. Sin embargo, esta definición nos servirá de pretexto para definir dos conceptos: el sexo y el género.

El sexo está asociado con nuestro genital biológico y/o con nuestro genital tras una cirugía de reasignación de sexo. El género, como ha tratado de definir el movimiento feminista, se trata de un conjunto de cualidades que se asocia a un grupo de personas u otro[2]: el femenino y el masculino. Podríamos hablar de las mujeres en cuanto a sexo, pero en este caso, nos es más útil hablar de género.

El género, en estos términos, es una construcción que, por ende, se aprende, que puede ser educado, cambiado y manipulado. O como algunas autoras formularán, se tratará de algo bio-social. En cualquiera de los casos, mujeres y hombres no son un reflejo de la realidad “natural” sino que son el resultado de una producción histórica y cultural, basada en el proceso de simbolización y como “productores culturales” desarrollan un sistema de referencias comunes. Sexo y género no son otra cosa que la imitación y la construcción siempre reiterada de la norma que los instituye.

¿Por qué mujeres? Comienza a ser una pregunta sobre sujetos dentro del movimiento feminista, ergo, nace un nuevo interrogante sobre que ese permanezca siendo el sujeto que la teoría feminista y la historia general trate de analizar. Es decir, si el concepto “mujer” sigue siendo a día de hoy vigente para tratar de investigar las causas de la opresión o si, en su lugar, deberíamos remitir a otro tipo de sujeto.

Claro está que la asociación, a priori, arbitraria de asignación de género a un tipo de características y prácticas que acompañen a ese sujeto no son más que eso: arbitrarias. Al igual que la asociación de los signos gráficos representan de igual medida al significado dentro del lenguaje. También teniendo en cuenta la apertura que significó en el movimiento feminista el objetivo de “abolir el género” de hace unos años hasta ahora. Más aún cuando se antepone un binarismo, que tomando como premisa que éste no es más que la representación misma del discurso masculino, reduciendo lo femenino a la significación masculina.

Esta arbitrariedad tendrá que ver con la esencialidad y la identidad de mujeres a la vida práctica y tras ello, a la vida teórica. Por lo que será necesario desligar a las mujeres de ese concepto puramente formal atendiendo así a la vida individual y a la vida colectiva (o interdividual como formulará Ortega) donde entran en juego estos términos de sociabilidad que aparentemente forman estas asignaciones y usos del término mujer.

En el primero de los casos, la vida individual y la asociación de ésta con el concepto de “mujer” llevará a un esencialismo, esto es, a buscar una “esencia” femenina, ya que asociar con ese nombre a una identidad resulta inevitablemente excluyente. Entendiendo además que al hablar de mujeres estemos tratando de crear una especie de política de representación. Tal vez, paradójicamente se demuestre que la “representación” tendrá sentido para el feminismo únicamente cuando el sujeto de “mujeres” no se dé por sentado en ningún aspecto. Por ejemplo, para Butler, toda identidad es inherentemente opresiva y exclusiva. En el caso del que hablamos, tampoco podríamos afirmar que estamos ante una categoría meramente descriptiva puesto que es una identidad que, al excluir, no podrá representar a lo que dice que representa. Esta forma de entendimiento del sujeto feminista nace desde la imitación de la manera que el sujeto que ha formulado los grupos, un sujeto no-nuestro, ha conceptualizado. Dicho de otra forma, seguir con este sujeto es reiterar la forma en la que a las mujeres nos han formulado, esto es, desde una matriz no-nuestra. Por tanto, nos decimos en palabras de otro y tal reificación contradice los objetivos feministas de decirnos a nosotras con nuestras palabras. El género no es esa construcción cultural que se superpone al sexo dado sino más bien, el género es el único acceso al sexo, con lo que este siempre está culturalmente connotado por esa norma reguladora y no hay nada así como el sexo natural: el “sexo natural” no puede concebirse fuera de la normatividad que lo regula.

En la vida colectiva se articula por la socialidad. Ortega defenderá la vida interdividual como aquella que se produce entre dos o más personas que se reciprocan frecuentemente y en esa corriente mutua de comunicación se origina un cambio cualitativo importante: el otro deja de ser alguien indiferenciado para perfilarse nítidamente como Tú. Lo que ocurre es que, a veces, el Tú que me recíproca no es El sino Ella, no es otro hombre sino una mujer. Es por ello que, en esta vida, la condición de la mujer se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro. El drama entonces, de la mujer, es asumirse como sujeto, y no como objeto, un sujeto nuevo y diferente que se debe plantear como lo esencial por las exigencias de una situación que la constituye como inesencial.

Como vemos, estas dos vidas se anteponen y contradicen y a ello, una nueva fórmula de un sujeto que aportará la teoría queer dejará aún más en evidencia la necesidad de volver a replantearse como sujeto.

La teoría queer afirma que “lo queer” no es tanto una afirmación de una identidad como una interrogación de las mismas. Frente al tradicional sujeto feminista “mujeres” se propone ahora pensar un nuevo sujeto político. Pasa de ser un sujeto identitario a un sujeto posicional, esto es, analizar desde la mirada y no desde la persona que mira. Esta nueva manera difiere de algunos ideales feministas de necesitar al sujeto como portador y sostén de la acción.

Todo esto ha hecho un feminismo abierto a nuevas posturas, enriqueciéndolo y fortaleciéndolo, por estas nuevas perspectivas. Sin embargo, nos cabe preguntarnos sobre el sujeto actual del sujeto femenino, ¿seguimos usando “mujeres” a pesar de conocer todos los defectos y problemáticas a las que esto lleva? O, por el contrario, ¿comenzamos a usar “queer” para hablar de todos estos interrogantes?

Ninguna de ambas respuestas resulta válida, ya que la primera, aunque esencialista y llena de defectos, nos ayuda a delimitar el campo de acción y la segunda nos abre tanto el espacio que nos podemos perder en su inmensidad no ayudándonos entonces al objetivo de analizar las problemáticas hacia un tipo de sujeto que es concreto.

Como hemos visto, el sujeto femenino es algo difícil de abordar así que plantearemos la solución que tanto parte de la teoría queer como parte del movimiento feminista trae a colación con el proceso de los sujetos femeninos concretos de realizar su vida. Esta cuestión se basa en la afirmación de que el sujeto se crea en su proceso, es decir, un sujeto no es, sino que se forma en un continuo. De esta manera, seguir usando, por lo menos de manera estratégica, el sujeto “mujer” intentando despegarlo de su condición esencialista y consciente de su deber de reivindicar las diferencias identitarias de todos los sujetos que lo forman. Es decir, seguir manejando un sujeto político entendido como una identidad estratégica y no esencial estableciendo vínculos con el resto de colectivos[3].


[1] Noticia de la cadena ser de diciembre del 2017. https://cadenaser.com/ser/2017/12/20/sociedad/1513760109_858936.html.

[2] En un comienzo, esa asignación a un grupo u otro tenía que ver con el genital biológico que se te asociara al nacer. Sin embargo, las nuevas apariciones de la teoría queer y las “afirmaciones vivientes”, como son las personas trans y el género no binario, la asociación de un grupo por ese factor ha dejado de tener la vigencia de antes.

[3] Por esto mismo, la lucha feminista y la lucha del colectivo LGTB+ es entendida como unida. Ambos tendrían un objetivo común, aunque los sujetos que formen ambas decidan priorizar un aspecto (identitario, afectivo o sexual) más que otro dentro de la lucha social y, por ende, política.

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