Ana María Pérez del Campo: cuando las mujeres somos revolución.

Ilustración: Ana Leal

Enunciar palabra o manifestar desde el espacio de la creación cualquier aspecto sobre la guerra civil implica dolor. Dolor y un duelo, que se instaló y perdura en el seno de numerosas familias que, hoy por hoy, y me atrevo a hablar en primera persona, seguimos buscando a las nuestras y a los nuestros. Perdidos, pero no abandonados. Si a esto añadimos la vida de la mujer bajo la dictadura franquista, duelo y dolor se dilatan.

Se sostiene que las mujeres padecen y aguantan el doble que los hombres. Entre los dispares y exacerbados elementos que suscitan esta doble resistencia femenina, tropezamos con la dependencia económica y la subordinación social respecto de los hombres. La guerra civil fue el perfecto ecosistema patriarcal para que esta doble represión de la que hablamos sembrase sus frutos y creciera cara al sol. En consecuencia, los métodos franquistas, del estado y la iglesia, se consolidaron sobre los valores éticos y tradicionales. Esto es, un vasto lavado de cerebro, mediante los medios, la propaganda, la familia, que motivaban la práctica de torturas, violaciones e infinidad de procedimientosderivando en la humillación y despersonalización del género femenino. De modo que los roles de género se asentaron más que nunca: “El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar”.

Sin embargo, la historia nos demuestra que, aunque el sueño de la razón produzca monstruos, las mujeres, escondidas, han emprendido la revolución, las maravillosas brujas. Así pues, hablar de revolución en tiempos franquistas es hablar de Ana María Pérez del Campo.

La insurrección de Ana María tuvo lugar a sus 25 años, con un tercer vástago en camino: “Sabía que o decía basta en ese momento o me convertiría en lo que éramos entonces todas las mujeres: paridoras del régimen”.

En 1961, Ana María inició públicamente su proceso legal de separación ante los tribunales eclesiásticos puesto que no estaba permitido el divorcio en un sistema donde imperaba la autoridad marital. Desde luego no obtuvo el respaldo de la ley, su familia y, sobre todo, su marido.

“Éramos consideradas unas sinvergüenzas, unas mujeres frívolas, unas putas”.

Amén de conquistar el divorcio, la contienda de Ana María envolvía una batalla contra todas las perversas prácticas dentro del matrimonio. Una de ellas radicaba en el débito conyugal.

“El débito conyugal consistía en la violación dentro del matrimonio. No podías negarte a yacer con tu marido, se encontrara en las condiciones que se encontrara. Si estaba borracho no importaba, si tú no tenías ganas, no importaba nada. La obediencia que declarabas cuando te casabas a tu marido era total, sin permiso no podía hacer nada”.

Tras nueve años de persistencia, Ana María consiguió la separación legal. Pese a ello su marido no paró de obstaculizar sus objetivos y su vida.

“Me enteré de que en un hospital había la posibilidad de trabajar. Fui, hablé y me cogieron. Un día una monja se acercó a mí y me dijo que la abogada de mi marido había venido pidiendo permiso marital. Yo no lo tenía, evidentemente. Le dije a la monja que sin este trabajo lo único que me quedaba era pedir limosna o prostituirme, y yo no iba a pedir limosna”.

Ana María asustó tanto a la monja que esta permitió que continuara trabajando a escondidas entrando por otras puertas y llegando a horas distintas. Parece impensable que con tantas trabas y en plena dictadura, Ana María impulsase a toda una corriente de mujeres en busca del asesoramiento y el apoyo legal del régimen, la cual, dio lugar a la Asociación de Mujeres Separadas en 1974.

“Nosotras hicimos trampas porque había que hacer trampas. Necesitábamos mujeres para conseguirlo, y fuimos a los cursillos de cristiandad a buscarlas. Una de ellas fue Carmen García Castellón. Era una mujer muy muy conservadora, la mujer ideal para ser presidenta y pasar por el tamiz de la policía, ya que esta pedía explicaciones para todo. Carmen les dijo que estábamos haciendo todo esto para pedir por el alma de nuestros maridos. Naturalmente, nos dieron el permiso con ámbito nacional”.

Su activismo durante el franquismo le costó varias detenciones, registros domiciliarios y la entrada a los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Pero Ana María no paró. Se diplomó en Derecho Matrimonial y Práctica Procesal y marcó la agenda feminista durante la transición participando en la elaboración del borrador de la ley del divorcio en España, aprobada por las cortes en 1981.

Una vez alcanzado el divorcio, junto a su asociación, Ana María focalizó su lucha contra la violencia de género, acuñando el termino terrorismo machista, de género y sexista.

“Empezamos a contar las mujeres, porque nadie las contaba. Todos los 25 de cada mes íbamos a la Puerta del Sol a contar las muertas. Tenemos contadas 1900 y pico mujeres muertas, quemadas, apuñaladas, estranguladas, de todas las formas imaginables nos matan. Esto nos impide hablar de un mundo civilizado. La violencia de género es el terrorismo machista. Es un terrorismo universal. Matan a las mujeres por ser mujeres”.

Hoy en día Ana María sigue en la lucha a sus 84 años junto a otras mujeres de su quinta.

Cuando hablo de brujas hablo de estas mujeres. Hablo de este legado, de un respaldo anterior a nuestra generación y hablo de una responsabilidad que debemos cumplir. Tenemos un cometido. Las mujeres somos revolución, las de ayer, las de hoy y las que vendrán mañana. Escucho repetidamente que la lucha feminista ha nacido en medio de esta tecnológica y avanzada contemporaneidad. Esta revolución estalló hace mucho. No nos olvidemos de nuestras raíces, nuestras mayores, nuestras abuelas, las que sufrieron, soportaron, de las que sobrevivieron. Y de las brujas que quemaron. Por favor.

“Si dijera que no ha cambiado nada mentiría. Claro que ha cambiado, pero no ha consolidado. Las mujeres tienen que saber que allá donde estén, su autoridad cuenta. Y ahora que me toca marcharme, me voy preocupada. Mi preocupación es el retroceso, estamos retrocediendo. Tengo tres generaciones: mis hijas, mis nietas y mi biznieta. Quiero dejar al mundo entero una salida más fácil que la que tuvimos nosotras. Las mujeres unidas, jamás serán vencidas”. Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.

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