Pablo del Águila: poeta y figura.

Ilustración: Irene Romanov (IG: @ireneromanov)

Hoy os vengo a hablar de un poeta maldito, uno de esos poetas que se fue muy pronto, mucho antes de desarrollar su arte al cien por cien, un poeta que aún así ha dejado huella ya que a sus cortos 22 años de edad fue capaz de plasmar un estilo propio. Me refiero a Pablo del Águila, poeta granadino de la época de posguerra que convirtió su poética en un reflejo de su vida.

La obra De soledad, amor, silencio y muerte recoge su poesía escrita entre 1964 y 1968, donde nos presenta todo su mundo interior, sus inseguridades, y sus dolores.

Del Águila era homosexual, y este hecho acompañado del contexto en el que se encontraba (una España gobernada por el franquismo, con toda la represión que eso conlleva) nos ayuda a comprender su obra. Imaginaos por un momento vivir toda vuestra vida en una presión constante por aparentar algo que no eres, fingir que todo va bien cuando en realidad te quemas por dentro. Es algo así como una olla a presión a punto de estallar. Me imagino que para Pablo del Águila la poesía era una válvula de escape, una salida a todo ese vapor que le quemaba por dentro. Fue amigo de Sabina, quien ha declarado en algunas ocasiones que su homosexualidad era conocida por sus allegados, pero nunca se le conoció ningún novio, ni ninguna relación sentimental. Nunca un comentario. Nunca una sola palabra al respecto.

O al menos eso creemos, pero su obra es un grito constante contra el mundo que le ha tocado vivir, un mundo falto de comprensión, un mundo lleno de odio y dolor. En su corazón siempre anheló sentir amor, pero nunca encontró la forma o nunca se atrevió a liberarse de sus opresores (yo no le culpo, quién podría en una realidad dominada por el miedo).

Me gustaría que os tomaseis un momento para leer este poema suyo:

Cuando muera
que nadie me recuerde cantándole a otros mundos mi cantar,

Mi canto es de este mundo

Que todos me recuerden cantándole a la mar.

Mi cuerpo es de esta tierra

y en la tierra lo dejo eternamente vivo para amar.

Cuando muera

que mis huesos descansen junto al mar,

que las inmensas olas me recubran

y conmigo retornen a empezar.

Que mis ojos, los ojos de los peces y las piedras

se pierdan en el fondo de la mar.

Que los ríos, los hombres y los niños

tropiecen con mi muerte al caminar.

Cuando muera

no quiero otros honores ni otra paz.

Quiero seguir viviendo en cada aliento,

en las bocas que se abren al besar.

Quiero seguir viviendo en cada soplo

amando cada cosa sin cesar.

Que mis besos

los besos que no he dado

encuentren muchos cuerpos al pasar.

Cuando muera

que mis brazos se ciñan a una roca para seguir cantando hasta el final.

Que mis huesos, los huesos de los vivos

y los muertos, se hagan tierra en el fondo de la mar.

Pablo del Águila – Granada 18 de Mayo 1966

En Nochebuena de 1968 Pablo cogió un revólver y se quitó la vida con toda su familia en una habitación contigua. Muchos dirán que se suicidó, pero yo siempre pensaré que fue víctima de una sociedad cruel, dominada por el heteropatriarcado, dominada por sus asesinos.

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