Referentes y representaciones

Un referente es aquello que tiene relación con otra cosa, igual que el signo escrito de la palabra lo tiene con su significado. Es lo que Platón en el Banquete llamaría demón, que no es demonio, sino aquellas personas que se situaban en el medio, entre mortales y divinidades. Respecto a referentes, son aquello que nos interpela porque conecta a su vez con nuestra realidad, privada y común. Esta interpelación nace desde la representación.

Cualquier cosa que nos represente de alguna manera puede ser referente. Con esto podríamos decir que, allí donde aparezca un cuerpo, una materia viva, nos representa. Pero esto resulta equívoco, ya que los referentes son representaciones, sí, pero representaciones de las que nos damos cuenta. Ese “darse cuenta” es tomar en consideración a lo referido como algo que cuenta algo, que da una explicación. Esa representación puede existir a pesar de que no seamos conscientes y ahí es donde llega lo difícil. Porque el hecho de no ser conscientes de la representación hace que ese referente, de alguna manera, no funcione. En otras palabras, si una representación de nuestra identidad no nos convoca (nos hace parar y decir que algo nos representa), es que o bien creemos que tenemos otra identidad o bien ese referente no representa bien.

Entonces, ¿qué o quién puede ser referente? Aquello o aquellas personas que consciente o inconscientemente apelen a una parte o a un todo de nosotras. Ahora bien, la calidad de las representaciones es absolutamente necesaria. Porque quienes intenten representar pueden no ser partícipes de esa identidad, y por tanto, caer en la trampa de intentar representar algo que no saben cómo funciona. Por esto mismo, es importante dar lugar a aquellas identidades no hegemónicas.

Representación, del griego representatio no es más que hacer presente algo, ya sea idea o imagen. Es clave traer a colación las representaciones porque, si algo existe, debe hacerse presente, de lo contrario, estaríamos omitiendo o dejando de lado algo que está presente, caeríamos en una opresión por exclusión de lo no representado.

Por ejemplo, en teatro, una representación es poner en escena, darle un espacio, a una historia. Se articulan unos mecanismos de ilustración o de muestra de algo. Pero hay veces donde se deja de lado el apego por la muestra o enseñar. No se busca dar sermones, ni adoctrinar, se busca solo representar, en términos griegos, hacer real la cosa sin que entre aquí una búsqueda del por qué hacerlo o un argumento. Simplemente se desarrolla como en sociedad se desarrollan las identidades: sin una explicación lógica racional. Sucede y punto. Sucede y se intenta representar con la misma exactitud, aunque esto sea irrepresentable por ser algo que acontece.

Además, el hecho de sentirse representado es necesario por algo tan simple como que parece que “nos da permiso” a ser quienes somos, y a observarnos desde nuestra propia mirada. Si no tuviéramos referentes estaríamos siempre en un proceso de extrañamiento, de extrañeza ante lo otro: el no vernos implicados nos devuelve algo, pero con otra mirada. Cuando una mirada es similar a la nuestra, pasaríamos al entendimiento, esto es, entender cómo se articulan los procesos de representación de las otras y cómo comprender nuestra propia identidad.

El comprendernos genera el entendimiento, y por tanto, nos ayuda a concebir otras posibilidades. El concebirse da capacidad y posibilidad de ser en una misma. Solo si puedes pensarlo, puedes hacerlo posible. No es una frase de autoayuda, es la frase que mecaniza la posibilidad de mí en el mundo. Si no vemos nuestra representación, no nos concebimos, no nos podemos actualizar en nuestra realidad respecto a nada.

¿Es un lujo o un privilegio tener referentes? Uso estas dos palabras, lujo y privilegio porque cada una de ellas lleva connotaciones distintas. En un primer lugar, el lujo, lo monetario y el dinero. El tener referentes no deja de ser una cuestión monetaria si nos planteamos el mundo en el que vivimos. Si queremos tener referentes parece ser que debemos pagar por ellos. Aunque no olvidemos, que una mayoría de referentes no lo son por su papel profesional, sino por su papel personal. Pero no es un lujo tener representaciones porque son representaciones de algo, de una realidad y ser real, por el momento y que sepamos, no es un lujo.

Sobre el privilegio, con esa connotación social y tan denostada, resulta un privilegio por lo que decimos: no es a lo que se nos acostumbra y menos, si somos personas oprimidas por cualquier aspecto. La cuestión no es ya si es un privilegio o no, es sobre si este privilegio está aplastando o asfixiando otra cosa. Lo que hay que cambiar es que, de ese privilegio, que solo poseen ciertas personas, se convierta en un privilegio universal. Dar posibilidad a que cualquier persona tenga donde mirarse. Con esto os digo: buscad referentes, pedidlos a gritos, existid como representaciones de vuestra identidad para el resto.

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